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Cero, y así sea

Cero, y así sea
Esta entrada se ha extraído del libro que lleva por título "Elogio de la impertinencia", de Piergiorgio Odifredi

«Está la nada de la que huimos, y está la nada hacia la que nos dirigimos», decía Simone Weil, sobreentendiendo que de la nada se huye con el principio, el nacimiento, la llegada, la presencia, el compromiso, la acción, la creación, y hacia la nada nos dirigimos con la destrucción, la inercia, la renuncia, la ausencia, la partida, la muerte, el fin.

La nada hizo su primera aparición literaria en el libro IX de la Odisea, cuando Ulises declaró a Polifemo que se llamaba Nadie. Desde entonces se ha convertido en una constante de referencia de la literatura: de los versos de Leopardi («Sobre nosotros desde la cuna / inmóvil se cierne y sobre la tumba la nada») a los aforismos de Lewis Carroll («Para ver nada se necesita una excelente vista»). Las metáforas de la nada, además, son difusas: la ausencia en Esperando a Godot, la sombra en Peter Pan, el agujero en Mucho ruido y pocas nueces (del que hoy se nos escapa el penoso doble sentido isabelino)...

Si ausencias, sombras y agujeros aluden más o menos indirectamente a la nada, su realización literal es el silencio, al que han incitado, hablando, los místicos de todos los tiempos, de Lao Tsé («Quién sabe no habla, quien habla no sabe») a Wittgenstein («Sobre aquello de lo que no se puede hablar, es preciso callar»). Antes de expirar en el silencio absoluto, el arte a menudo agoniza en aquel relativo de la obra inédita, incompleta o no escrita: Borges y Lem han reseñado obras inexistentes; Marcel Bénabou ha escrito Por qué no he escrito ninguno de mis libros; Paul Fournel ha producido Suburbia, una obra con prólogo, introducción, notas, epílogo e índice, pero sin texto; Tristam Shandy de Lawrence Sterne contiene hojas en blanco y capítulos que faltan; el Ensayo sobre el silencio de Elbert Hubbard está vacío, como también la monografía Serpientes de Hawaii del zoo de Honolulu y el Libro de la nada de la Harmony House (que fue denunciada por plagio por otra editorial)...

En música el silencio es fundamental: cada partitura contiene unas pausas, de las que hay ocho tipos distintos, y la famosa llamada del destino de la Quinta sinfonía de Beethoven comienza justamente con una: ¡acentuada, como cada nota al principio de un compás! A veces no hay otra cosa, como en la «composición» 4'33'' de John Cage: doscientos setenta y tres segundos de silencio, que recuerdan explícitamente la temperatura del cero absoluto. Otras veces hay poco más, como en la Sinfonía monótona de Yves Klein, que consiste en un único y largo sonido continuo seguido por un largo silencio.

El papel de la pausa musical es ocupado en la pintura por las porciones de color de fondo de la hoja o la tela sobre las que se pinta, y análogos al silencio son los cuadros no pintados de Lucio Fontana, que a falta de pintura unen también agujeros o cortes que representan el vacío. A las composiciones monótonas corresponden, en cambio, las telas monocromas de «artistas» como Rauschenberg, Reinhardt o el mismo Klein. Naturalmente, cualquier figuración pictórica es un simulacro de la nada: aunque las imágenes sobre la tela pretenden simbolizar algo, no por eso dejan de ser signos. El concepto fue memorablemente expresado por Magritte en La traición de las imágenes, que representa una pipa con la inscripción: «Esto no es una pipa».

Visto que nos estamos poniendo filosóficos, tanto da notar que también la filosofía tiene su versión de la nada en el «no ser», que generó con Parménides una de las primeras paradojas de la historia: por su naturaleza, el «no ser» no puede ser nada, pero al mismo tiempo es algo (justamente, el «no ser»). A beneficio de inventario, la paradoja fue resuelta por Platón en el Sofista, aunque muchos filósofos muestran que no se han percatado. La solución es que no tiene sentido hablar de «ser» o «no ser» absolutos, y sólo se puede hacer de manera relativa. En particular, no tienen sentido las ocurrencias que abundan, impertérritas, en textos que van de Ser y tiempo de Heidegger a El ser y la nada de Sartre.

Naturalmente, cuando se trata de ocurrencias tampoco la teología bromea: basta recordar las tonterías del gnóstico Basílides («La nada-Dios creó de la nada la nada-Mundo»), de Duns Escoto («La nada de la que Dios crea todas las cosas es Dios mismo») y de Meister Eckhart («Dios es nada de nada»). Hoy, ya superados estos equilibrismos desequilibrados, la expresión más significativa de la concepción nihilista de la divinidad se encuentra quizá en la parodia del Padre Nuestro de Hemingway: «Nada nuestra, que estás en la nada, santificada sea tu nada, venga a nosotros tu nada, hágase tu nada, por doquier en la nada. Danos hoy nuestra nada cotidiana, y devuélvenos nuestras nadas, como nosotros devolvemos a los otros nada. Y no nos induzcas en la nada, sino que libéranos de la nada. Amén».

En este punto, también puede surgir una duda: si se puede hablar de la nada de manera sensata. La duda es disipada por la lectura del interesante Zero de Charles Seife (La biografía de una idea peligrosa, Ellago, 2006), que indica dónde deben buscarse los razonamientos sensatos sobre el tema: precisamente, en la ciencia y las matemáticas, donde la presencia de la nada se ha hecho problemática e inquietante, y ha alcanzado un papel igualemente fundamental, si no incluso mayor, que la misma realidad aparente.

Naturalmente, la nada hace su aparición más previsible en la física, en el vacío, introducido en Oriente por el taoísmo, pero largamente reprimido en Occidente. En efecto, la teoría prevaleciente en la Antigüedad era la de Platón y Aristóteles, que definían la posición de un cuerpo a través de sus relaciones con los demás cuerpos. Fue Newton quien popularizó la idea, ya anticipada por los atomistas, de un espacio vacío como contenedor de los objetos. La relatividad general de Einstein reintrodujo, en cambio, la concepción racional del espacio-tiempo, cuya estructura está determinada por la materia. A su vez, y paradójicamente, la materia corresponde a los «agujeros» del epacio-tiempo. Por tanto, en la teoría de la relatividad no está claro cuál es la nada y cuál el ser.

El asunto se hace aún más problemático en la mecánica cuántica, cuyo vacío es, en realidad, un lleno en el que sucede de todo: continuamente se forman parejas de partículas y antipartículas y también de «cuerpos» y «anticuerpos», de duración inversamente proporcional a su masa. Lo que permite que de la nada eterna se cree la materia es el famoso principio de indeterminación de Heisenberg, que consiente que la naturaleza coja temporalmente en préstamo energía, por períodos tanto más breves cuanto mayor es el «capital» prestado. Lejos de ser algo que la naturaleza aborrece, parece, pues, que para la física moderna el vacío se ha convertido en la cuna natural de la existencia.

Y lo mismo sucede con las matemáticas modernas, que también tienen dos versiones de la nada. La primera, y más obvia, es el cero que da título a libro de Seife, tan obvia, que puede sorprender que éste haya sido inventado o descubierto sólo bastante recientemente, y no en Occidente. En efecto, no lo tenían ni griegos ni romanos, y lo encontraron los indios hacia el año 500 e.V. y los mayas en la segunda mitad del primer milenio. Los indios lo indicaban con un puntito llamado sunya, que significa «vacío»: de su traducción árabe sifr deriva la palabra «cifra», y de la sucesiva traducción latina cephirum deriva el italiano zevero («céfiro»), que luego se convirtió en «cero». El símbolo \(0\) nos llega, en cambio, de los árabes, y es la estilización de un agujero. Una vez más, mucho ruido y pocas nueces.

Del mismo modo, nos quedamos con las manos vacías si buscamos la esencia de una cebolla pelándola o de una alcachofa deshojándola, como notaron Pirandello en Vestir al desnudo, Ibsen en Peer Gynt y Wittgenstein en las Investigaciones filosóficas. Con una diferencia: que mientras las cebollas de la literatura y las alcachofas de la filosofía despiertan el apetito, pero no quitan el hambre, en los números y los conjuntos se basan la ciencia y la tecnología, que dan de comer a los hambrientos y de beber a los sedientos. El que tenga oídos para oír, que oiga. Y el que no los tenga, que llore por sí mismo.

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