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Mira hacia delante y ve el horizonte plagado de cepas. Y el sol reverbera cálido, decadente. Y se acaba en las comisuras de sus labios una sonrisa escapada a un tiempo, aunque no demasiado pretérito, sí que pasado y deforme. Pero eso refuerza la sensación que persiste en su garganta, y se ve atrapado en un sinfín de diminutas emociones, de pulsiones, puede que inyecciones que se infiltran y hormiguean no sólo en su cuerpo y en sus músculos, sino en todo su ser. No puede creerlo y frota sus manos contra sus muslos. Pero se convence de que es cierto y se siente alegre y vivo. Pisa la colilla como quien apaga cientos de años y descubre una soledad imperante y única que no hay quien detenga. Vuelve la mirada hacia ningún sitio, hacia su escapada, furtiva y caduca soledad y, claro, no ve, sólo siente un aliviado desatino, un prolongado bienestar vuelto hacia la nada, hacia un cero incólume, hacia un conjunto vacío, por supuesto sin elementos, donde paradójicamente, ahora, él quiere estar. Siempre lo quiso, nunca le agradó más del dos o del tres. Pero sí que le atrajo lo negativo. El menos-uno para anularse y mirar en un fondo perdido, que luego ganado tras alguna etérea luz, o quizá encajado en las postrimerías de ese duermevela que le acompañaba en las efímeras siestas estivales. No podría decirlo pero necesitaba de lo negativo para buscar una felicidad real que compensara aquello que fue pero que realmente no fue porque no lo vivió realmente como algo suficientemente intenso, casi completo. Como algo con posesión, porque él poco tiene, salvo multitud de espacios a la izquierda que realmente no son nada, por su negatividad, pero que hacen renacer su vida desde su lado más enigmático y profundo. Él esta entero porque estuvo detrás y miró al frente y contó lo que quedaba por llegar y esperó al que vino tras de sí. Camina con fuerza sobre los terrones y, tras unos minutos, pisa el asfalto donde le espera su destartalado vehículo, que dejó hace unas horas en la cuneta, móvil presa de un azar casi mágico, cuya matrícula empieza por cero.

Sobre Pedro Castro Ortega

Profesor de Matemáticas en el IES “Fernando de Mena” de Socuéllamos (Ciudad Real, Castilla-La Mancha).

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