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Las matemáticas no dejan de ser un juego: el lenguaje de las matemáticas

Las matemáticas no dejan de ser un juego. Un juego con unas reglas muy bien definidas. El que no maneja las reglas del juego con agilidad jugará mal y fracasará. Pero, curiosamente, para manejar las reglas no queda otra que jugar, aunque al principio siempre perdamos. No queda otra. En las reglas del juego se combinan, fundamentalmente, tres cosas: letras, números y operadores. Los operadores, digamos, son las operaciones suma, resta, multiplicación y división. La combinación de las letras, los números y los operadores se conoce con el nombre de expresiones algebraicas. El manejo de expresiones algebraicas requiere el respeto hacia una jerarquía entre los operadores y que, a veces, hace uso de otros símbolos, como corchetes o paréntesis. Si no somos capaces de aceptar esto y de respetar esta jerarquía, no seremos capaces de hablar el lenguaje de las matemáticas, ni de adentrarnos en el apasionante juego que con ellas nos espera. Si solamente manejamos de manera aislada alguna que otra regla, pero no sabemos o no estamos seguros de otras, no seremos capaces de ver el maravilloso horizonte matemático que hay detrás. Nunca podremos adentrarnos en el apasionante mundo de la ciencia y de las misteriosas verdades que hay detrás de los fenómenos físicos. Y es que la Física, o cualquier otra ciencia experimental, también habla en el lenguaje de las matemáticas. Podemos aceptarlo o no, pero sepan que todo, todo lo que nos rodea son matemáticas.

¿Por qué a muchos no nos resultan atractivas pues, las matemáticas? Entre otras cosas porque de pequeños, o no tan pequeños, por una u otra razón, no las aprendimos bien, o no las quisimos aprender bien.

De pequeños, espontáneamente, queremos aprender. El niño vive rodeado permanentemente de estímulos de los que está continuamente aprendiendo. ¿Os imagináis a un recién nacido al que, cada día que pasa, no se le habla, al que no se le hacen gestos, al que no se le transmiten voces y cantinelas de toda índole que le incitan a observar, a conocer, a reír, a descubrir el mundo que le rodea? ¿Qué sería de un bebé que pasa sus primeros doce meses de vida solamente, y digo solamente, durmiendo y comiendo? ¿Os imagináis que no tuviera ningún estímulo? No, es inimaginable. A un bebé lo estimulamos continuamente y él aprende con rapidez y todos nos alegramos cuando observamos sus evoluciones en la expresión y en el lenguaje. Todavía somos pequeños cuando nos enseñan las primeras reglas matemáticas. Y queremos aprenderlas. De hecho, no nos cuesta trabajo aprender los números, luego a contar. “¡Mira mamá, ya sé contar hasta veinte!” Y luego aprendemos sin dificultad a sumar y a restar, y también la tabla de multiplicar. Incluso nos aprendemos con rapidez las figuras geométricas más habituales: el cuadrado, el triángulo, el círculo… Y tenemos avidez por relacionar esas cosas y aprender más y…

Y, desgraciadamente, para muchos niños, llega cierta edad y empiezan a tomar algunas decisiones propias, personales, decisiones equivocadas. Y una de las decisiones es: “ya no quiero aprender más matemáticas porque son feas y aburridas”. En realidad eso ocurre porque el niño perdió el hábito de descubrir cosas y de hacer sus tareas escolares, y lo cambió por el hábito del “yo hago lo que me da la gana”. Seguramente porque vio que podía hacerlo, porque se lo podía permitir, pues a su alrededor nada ocurría si dejaba de lado sus obligaciones y sus tareas. Y, como es más cómodo, se dedica a ver la tele, a jugar con sus juguetes, con su móvil o tablet, o vaya a saber usted a qué otras cosas que a él le resultan, claro, mucho más agradables que aquel impulso inicial que tenía por descubrir y por aprender.

Pero las matemáticas ni son feas, ni son aburridas. Si alguien piensa así es porque ese alguien, insisto, tomó la decisión de que lo fueran, tomó la decisión de abandonarlas, pues le resultaba más cómodo descubrir otros mundos.

Si no se dejan de lado, si no se aprenden de manera obligada, rutinaria, fría y sistemática, el mundo de las matemáticas puede resultar fascinante. De hecho, la expresión de alegría y el sentimiento de satisfacción que yo he podido apreciar en algunos jóvenes cuando son capaces de dar la solución a un problema de matemáticas, no es comparable, seguramente, al que obtienen cuando hacen algo bien en cualquier otra materia. Las matemáticas tienen “ese algo” de reto que nos impulsa a querer descubrir y, para ello, tenemos que pensar, que razonar. Al igual que debemos procurar tener nuestro cuerpo sano y en forma mediante el deporte y una alimentación adecuada, también debemos animarnos a tener nuestro cerebro entrenado y alerta para cualquier cuestión matemática, y no tan matemática, que pueda surgir. Y en la aventura de la vida, eso es algo de una importancia excepcional pues, en el futuro, sabremos afrontar nuestros retos y problemas personales con una mirada completamente distinta. Los atacaremos mejor, y sabremos encontrar soluciones de entre un abanico de posibilidades que nosotros mismos nos encargaremos de elaborar.

Y el reto más grande es convertirnos en pequeños partícipes de la evolución humana, asociada naturalmente al querer saber más, a descubrir más cosas, a comprender el por qué de esto y de aquello. Imbuidos, persuadidos por esta inercia todos seremos mejores, el mundo será mejor. Recordemos la famosa cita del gran matemático David Hilbert: “debemos saber, sabremos”.

Sobre Pedro Castro Ortega

Profesor de Matemáticas en el IES “Fernando de Mena” de Socuéllamos (Ciudad Real, Castilla-La Mancha).

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